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¿SON TODAS IGUALES?

LAS INFIDELIDADES

¿SON TODAS IGUALES?

Viejos y nuevos paradigmas

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La infidelidad es un tema espinoso que encierra un enorme significado emocional. Está dotada de una fuerte carga sentimental y rodeada de un aura ambivalente de mocedad y deslealtad. Para muchos, toma tintes de drama solo en el momento de ser descubierta, pero antes no es más que un deleite furtivo al cual se tiene derecho en el tanto siga encubierta. Para otros es una sombra en su récord, que los atormenta de manera fluctuante.

Hay muchos motivos por los cuales se opta por la vida extramarital, desde aquellos estrictamente sexuales, pasando por venganzas, soledad, vacíos emocionales, formación, hasta inmadurez; en fin, la lista es amplia y quizás infinita.
Desde luego, los tipos de infidelidad son múltiples. Estas relaciones se visten de diversas formas. Aun cuando cada caso tiene tintes muy individuales, desde el punto de vista estructural podemos reconocer varios tipos de infidelidad, dependiendo de la profundidad del nexo creado, así como de su continuidad. 

Está la infidelidad que ocurre a través de servicios remunerados, como damas de compañía, prostitutas y demás. Muchos individuos afines a clubes nocturnos, salas de masaje y ciertos bares acuden por razones estrictamente lúdicas, a buscar encuentros sexuales. Algunos se convierten en auténticos asiduos, e incorporan este tipo de actividad sexual como parte integral de su vida, como una recreación más. Por ser remuneradas y por lo general con personas diferentes cada vez, les parecen seguras, en el sentido de que no atentan contra la estabilidad marital, por cuanto no existen nexos emocionales.

Tradicionalmente, esta actividad sexual no era considerada una infidelidad. Muchas mujeres, que veían en el sexo una actividad degradante, consentían las escapadas de su esposo con tal de que no las buscara sexualmente a ellas. Con el tiempo, el sexo remunerado se fue relegando a ciertos sectores de la población, casi siempre marginados de una vida sexual periódica, que asistían por escape. Con el advenimiento en estos lugares de mujeres esculturales y muchas veces preparadas, algunas élites adineradas han retomado esta vieja costumbre.  

Por otra parte, está el encuentro fortuito, ese que sucede de manera casual con un desconocido, con un recién conocido, o con un conocido con quien no se esperaba tener un acercamiento sexual. Es la típica “canita al aire”. Esta infidelidad cuenta con dos grandes tipos de protagonistas: aquellos que andan buscando oportunidades por aquí y por allá y ven en estos episodios su día de suerte; y los que profesan la fidelidad a ultranza pero sufrieron un auténtico desliz por aspectos estrictamente situacionales, como licor, despecho o soledad. El contacto sexual suele ser un evento aislado, único, y la relación interpersonal entre ambos vuelve a su carácter no sexuado. En general, salvo que alguno de los dos lo comente, estos episodios suelen quedar en secreto, lejos de los ojos de los demás.

En contraposición, están los amantes. Son personas conocidas que tienen un nexo sexual de larga data, aun cuando uno o ambos mantienen un vínculo emocional estable. Estas relaciones se establecen sobre todo por razones sexuales, muchas veces buscando lo que no se halla dentro del hogar, y en otras ocasiones por el deseo de conquista y satisfacción sexual. Ambos tienen claro que el vínculo emocional –el hogar, la pareja y los hijos– es el primordial y prioritario, por lo cual solo se brindan el tiempo que les queda libre. 

No hay roles de manutención. En términos económicos, cada quien vela por sus gastos y cada uno lleva una vida independiente. Excepto algunos regalos costosos y los gastos de hotel, cabinas, o moteles, la relación no tiene connotaciones económicas. Con frecuencia sucede entre compañeros de trabajo, excompañeros del colegio, miembros de la junta de padres de los hijos; en fin, por lo general se comparte una órbita no sexual.

Como este tipo de relación se prolonga a lo largo del tiempo, se requiere de  un enorme cuidado por parte de ambos para no ser descubiertos. Así, usualmente se ven en ciertos lugares discretos, evitan exponerse en público, y cubren sus salidas haciéndolas pasar como actividades laborales o similares. Por supuesto, en países tan pequeños como el nuestro, es difícil guardar del todo la privacidad, y con frecuencia existe algún grado de tensión por el temor a ser descubiertos. De igual modo, los mensajes de texto se hacen casi siempre cifrados, y cada uno trata de ser muy precavido para no dejar huellas de la vivencia. 

También hallamos los clásicos “queridos”. Son relaciones en las cuales hay un nexo sexual pero también emocional, y a menudo roles de manutención. Tradicionalmente se trata de un hombre casado, que se autoconcibe como infeliz y atrapado en un matrimonio disfuncional, y crea una relación con una mujer sin pareja. Ambos se profesan cariño. Es común que él le solvente de forma total o parcial los gastos cotidianos, y no es extraño que hasta tengan hijos como producto de esa relación. Ambos se deben fidelidad, salvo, desde luego, la vida íntima que él comparte con la esposa. En general, se alberga la esperanza de que un día podrán vivir juntos, de manera abierta y pública. Sin embargo, este sueño no se cumple en la mayoría de los casos, sobre todo porque él considera muy alto el precio de dejar a la esposa, a los hijos y los bienes conseguidos. 

Este tipo de relación era muy popular hace unos treinta años cuando las parejas no podían optar por el divorcio. Por eso muchos se veían obligados a mantenerse casados con una persona a la que no querían, y buscaban tener una relación satélite de este tipo. Era tan usual que en los pueblos era común escuchar como un secreto a voces que “aquella era la querida de tal”, o viceversa. Si bien hoy las figuras del divorcio y la separación se han vuelto socialmente aceptadas y porcentualmente muy frecuentes, todavía se sigue observando este tipo de relaciones.

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